El nombre de las cosas


Jeroglíficos en el Museo Británico (© Luis Pabón)
Jeroglíficos en el Museo Británico (© Luis Pabón)

Nombrar las cosas es dotarlas de naturaleza material y sensible. Es moldear su existencia física, incluso aunque carezcan de cualquier respaldo de realidad, o éste sea quebradizo como un frágil copo de nieve.

Tan potente es la palabra, que cuando hablamos sobre algo también estamos dando información sobre todo aquello que queda excluido, y muy en particular sobre los asuntos que lindan en la frontera del tema al que pretendemos circunscribirnos.

Denominar es elegir. Y la simple elección u omisión ya es un arbitrio del mundo. Es una polarización del ánimo, que igual condena a un olmo incapaz de dar peras, que indulta la exigencia de sámaras a un peral. Las palabras componen sentencias, que son los dictámenes resolutorios de un juicio. Las palabras no nacen inocentes.

Haciendo un ejercicio imaginario, si tuviéramos que elegir una sola palabra, la más importante, ¿cuál escogeríamos? Un razonamiento no falto de inteligencia podría argumentar que, antes de la acción y la cualidad, es indispensable la identidad. Así que posiblemente buscaríamos un nombre sustantivo. Posiblemente un pronombre. Y en tal caso, tendría bastantes papeletas la primera persona, es decir, la palabra “Yo”. Pero podríamos estar olvidando que la identidad propia no se define sino como límite de la necesaria identidad de todo lo demás.

Lo cierto es que no hay búsqueda de nombre perfecto que no esté condenada al fracaso de la representatividad universal. Por eso, más importantes que las palabras, son las voces. Su cabida, su escucha y atención recíproca es nuestra única esperanza para una comunicación ecuánime.

Todo mecanismo útil se compone de al menos dos piezas móviles, que han de estar semi-libres y semi-ligadas. Un único elemento no constituiría una máquina provechosa, sino el objeto inanimado que un arqueólogo alienígena que visitase nuestra extinguida civilización sería incapaz de distinguir de un talismán.

Del mismo modo, una conversación fructífera ha de constar de múltiples voces. Y también por ello, en un diálogo empático y con aspiraciones de universalidad, quizá se antoja más acertada, inclusiva y enriquecedora la prevalencia de la palabra “Tú”.

¿Tú qué opinas?

Luis Pabón

Luis Pabón

Editor y autor principal de Metagrama. No practico la escritura con aspiración de competencia, sino como forma de expresión, aprendizaje y autoconocimiento. Mi inquietud creativa nunca ha sabido limitarse al ámbito técnico que me da de comer (orientado a la resolución de problemas), por lo que busco alimento existencial en las otras muchas y diferentes manifestaciones de la creatividad. No es tanto una vocación como una necesidad fisiológica.

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