A ras de cielo


A ras de cielo (© Luis Pabón)
A ras de cielo (© Luis Pabón)

Odiaba volar. Le aterraba. Era un miedo atávico del que no conseguía librarse. Por mucho que intentara relajarse, las estrecheces de un avión siempre le habían parecido el peor de los escenarios para practicar el mindfulness. No sin esfuerzo, llegaba a entender la pasión de pilotar, pero… ¿viajar en clase turista? Uno había de estar loco para gozar de eso. Sin embargo allí estaba, a punto de despegar. Abrochado al asiento 13-B, entre un inglés y un francés, como en los albores de un mal chiste. Allí estaba, por una sola razón.

Odiaba volar. Le daba pánico. Le sobresaltaban los ruidos extraños y le daba por pensar en todas las cosas que podrían ir mal. Desde que se acabase el papel higiénico de los servicios, hasta que fallaran los motores y el avión cayese en picado sobre el frío océano. Y los pasajeros: todos le parecían sospechosos. Secuestradores en potencia, terroristas sibilinos aguardando el momento oportuno para causar la tragedia. Pero allí estaba, a 37.000 pies sobre el Atlántico, soportando los ronquidos de la amenaza latente. Allí estaba, por una sola razón.

Odiaba volar. Le invadían los pensamientos transcendentes y su poca fe se tambaleaba cada vez que atravesaban turbulencias. Le daba por pensar que, si acaso es verdad que dios se encuentra en todas partes, entonces debía de estar muy diluido, así que confiaba en él tanto o menos que en la homeopatía. Y sin embargo allí estaba, a escasos momentos de aterrizar, por una sola razón.

Supo entonces que el miedo no ha de ser cárcel de la vida, pues todo avión está a salvo en el hangar, pero esa no es la misión ni el destino de un avión. Lo comprendió en el preciso momento en el que, ya con los pies en la tierra y con ella —su sola razón— entre sus brazos, por fin disfrutó de volar a ras de cielo.

Luis Pabón

Luis Pabón

Editor y autor principal de Metagrama. No practico la escritura con aspiración de competencia, sino como forma de expresión, aprendizaje y autoconocimiento. Mi inquietud creativa nunca ha sabido limitarse al ámbito técnico que me da de comer (orientado a la resolución de problemas), por lo que busco alimento existencial en las otras muchas y diferentes manifestaciones de la creatividad. No es tanto una vocación como una necesidad fisiológica.

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